sábado, 19 de septiembre de 2020

EL PALACIO DE MADAME MIM

 


No es fácil ser un putero en tiempos de pandemia. Todo el mundo tiene miedo incluso para las actividades más usuales como hacer a la compra o ver a tu médico de cabecera, visitar a un amigo en el hospital es toda una aventura, y ya nadie queda con los amigos para ir al cine. Cualquier actividad que te obligue a salir de las paredes mágicas de tu hogar se vuelve super complicada… Pero el hombre tiene algunas necesidades muy básicas que satisfacer… como por ejemplo follar. Perdón, que en nuestros tiempos queda muy mal esa palabra, follar… y por todas partes se habla de “hacer el amor”.

Pues sí, yo soy un putero, aunque es mejor usar eufemismos, como por ejemplo “consumidor de sexo mercenario” que dice mi amigo Julián. Estoy casado desde hace más de quince años, tengo dos hijos que están entrando en la adolescencia, y desde hace mucho tiempo tengo una serie de amantes ocasionales. Es cierto que procuro cumplir con mi mujer una o dos veces a la semana, pero es simple rutina: como ir al dentista los martes y los sábados (siempre y cuando no esté con la regla o le duela la cabeza). Para tener casi cuarenta años, Maribel se conserva bastante bien, hace Pilates dos veces por semana, se va a correr al Parque del Retiro los sábados, y se somete a costosos tratamientos de belleza en el centro de estética que abrieron hace un par de años cerca de nuestra casa en el Barrio de Salamanca. Tratamientos que yo abono encantado.

Pero yo no soy feliz, y desde el nacimiento de nuestro segundo hijo, Andrés, que acaba de cumplir diez años, suelo buscar un poco de entretenimiento sexual fuera del hogar. Al principio, recurría a los anuncios que dejaban en los parabrisas de los coches, y los coleccionaba. Era toda una aventura, un desafío para la misma Razón, el descubrir en cada cita si la foto era real o bien un descarado Photoshop. Como soy bastante tímido, lo primero que hacía era comprobar si tenían whatssap, iniciando una conversación en línea que sería determinante a la hora de escoger con quién sería infiel a mi querida esposa. Así descubrí a la dulce Ana, o a la super sexy Claudine, por no hablar de la exótica Chen-Lu, de quienes guardo hermosos recuerdos. Otra vez tuve que salir corriendo con los pantalones medio bajados, al darme cuenta en el último momento de que Natalia se llamaba en realidad Andrés, y era un travesti bastante eficiente y bien dotado…

Pero llegado un cierto día, esos encuentros con señoritas callejeras dejaron de parecerme adecuados: me habían nombrado director de operaciones para Oriente Medio de la empresa, y eso tenía que notarse también en la calidad superior de mis “amantes ocasionales”. En ciertas reuniones privadas con otros directivos era condición casi imprescindible el llevar compañía de categoría, una “escort” capaz de hablar de política europea, de fútbol, o incluso de los misterios de la Bolsa y de la banca de inversiones, con total solvencia. Por supuesto, a esas cenas y almuerzos de empresa, que en ocasiones se prolongaban hasta bien entrada la madrugada (a veces incluso todo el fin de semana, en un lujoso complejo turístico de Marbella), los directivos no llevaban a sus mujeres… sino a sus amantes. Incluso estaba bien vista un poquito de variedad, y no repetir en aquellas reuniones semanales.

Y yo no iba a ser menos. Por eso empecé a buscar “señoritas de compañía” de mayor nivel (y con unos precios que aumentaban en consecuencia). Fue mi compañero Andrés quien me puso en contacto con mi primer portal secreto de internet… Había que rellenar complejos formularios, para asegurarse de encontrar una acompañante perfecta para cada ocasión, y el último paso, después de la inevitable galería de fotos, era una breve entrevista “on-line” con cada una de las candidatas, y hacer coincidir las agendas con la debida antelación. Los precios eran elevados, pero como tenía la nueva tarjeta de crédito de la empresa (conectada a mi cuenta secreta), y además lo deducía como “gastos de representación”, todo era felicidad. De aquella época recuerdo sobre todo a la bella Yvonne (en verdad se llamaba María de las Angustias y había nacido en Cádiz, pero supo aprovechar su excelente educación bilingüe), quien durante casi ocho meses se convirtió en mi amante habitual. Incluso me la llevé una semana a París, para celebrar un nuevo ascenso dentro del banco de inversiones por haber conseguido un cliente de los que generan beneficios de más de seis ceros… Sin embargo, como nuestra relación empezaba a convertirse en una especie de matrimonio, decidí abandonarla, y probar con un nuevo y más selecto portal: “El Palacio de Madame Mim”.

Era un portal súper exclusivo, como los tradicionales clubs ingleses donde debías ser presentado por varios miembros, añadir una carta de recomendación, e incluso aportar una serie de avales bancarios que confirmasen tu solvencia económica y tu situación laboral. Pues bien, para que me concedieran una cita previa en el exclusivo portal de Madame Mim, tuve que cumplir todos los requisitos anteriormente mencionados, incluyendo además un completísimo análisis de sangre, puesto que para según que “terapias” era de lo más necesario. Tardaron más de una semana en evaluarme, y yo estuve todo aquél tiempo especialmente nervioso: por fin iba a jugar en las ligas superiores del sexo, de la compañía selecta, y de la infidelidad. No me sentía particularmente culpable aquél martes por la noche cuando, después de haber “cumplido” con Maribel, descubrí en mi correo electrónico privado el mensaje que llevaba esperando durante tanto tiempo: la confirmación de mi primera entrevista “on-line” con el representante del Palacio.

Aunque la cita era para el día siguiente a las seis de la tarde, lo planeé todo como si fuera un evento de trabajo: por la mañana escogí un elegante traje gris marengo, camisa rosa, una conservadora corbata roja; incluso aproveché la hora del almuerzo para ir al peluquero y pedirle a la maquilladora de la empresa que me arreglase para una importante videoconferencia que celebraría aquella tarde desde mi despacho en la trigésima planta de la nueva torre de cristal y acero que se alzaba sobre el Paseo de la Castellana. ¡Estaba nervioso como una colegiala el día de su puesta de largo!

A la hora señalada, accedí al portal de la aplicación con mi clave de un solo uso, y se abrió una ventana de vídeo que ocupó toda la pantalla. Y allí estaba ella, Madame Mim, una belleza oriental, de exquisitos modales, que me comentó que se habían evaluado todas las pruebas y documentos solicitados, y que si superaba este último requisito, se me facilitaría el acceso a un portal privado, una clave personal, y por fin tendría acceso al Palacio. Por supuesto, también se evaluó mi situación crediticia, pero el disponer de la cotizada Visa Centurión terminó de abrirme la última puerta…

El día siguiente, jueves para más señas, a la misma hora y desde el mismo sitio (mi cotizadísimo despacho), tuvo lugar la serie de entrevistas, para conseguir encontrar dentro del exquisito surtido de “escorts” aquella que se ajustase más a mis necesidades puntuales. No sé como explicarlo, pero no se trató de algo sucio o morboso. Apareció un menú desplegable, y surgieron los rostros de seis bellezas. Pasé diez minutos con cada una de ellas, conversando educadamente por privado. Descarté enseguida a dos, puesto que nunca me han gustado las latinas, a una tercera por recordarme demasiado a mi propia mujer, y a la cuarta por ser más alta que yo (y eso que mi metro ochenta de estatura me hacía sentirme siempre bastante protector con mis amantes). Al final quedaron solo dos participantes, Yumiko y Catherina. Una japonesa y una rusa. Las dos tenían un encanto especial. Las dos eran lo bastante hermosas para que el mundo se difuminase a su alrededor. Pero como se trataba de escoger a mi “amante titular”, terminé escogiendo a la exquisita Yumiko. La propia Madame Mim me felicitó por “su maravilloso buen gusto”, me transmitió “sus mejores deseos de paz y felicidad”, y concertamos una cita para el día siguiente, en un lujoso complejo de viviendas ubicado en las afueras de la ciudad: aquél sería nuestro punto de encuentro, y lo que sucediese más tarde entre nosotros en aquella tarde noche de viernes dependería solamente de “la necesaria conexión entre la dama y el caballero”.

En ningún momento hablamos de dinero, era de mala educación, pero con lo que me iba a gastar en mi amante, Maribel, mi devota esposa, podría haberse sometido a ese tratamiento de belleza tan caro del que me llevaba hablando durante los últimos dos meses… Aquella noche, le comenté a mi mujer que tendría que pasar el fin de semana fuera de Madrid, porque un importante cliente de los Emiratos Árabes deseaba revisar sus inversiones en España, y estas abarcaban diversas propiedades y tenía una selecta cartera de activos financieros. Disponía por lo tanto de tres días para disfrutar con la bella Yumiko… O al menos eso pensaba…

Preparé por lo tanto una pequeña maleta con todo lo necesario, incluyendo mis pastillas para dormir, el cepillo y la pasta de dientes, un traje de recambio, camisas y calzoncillos limpios, calcetines, un pijama de seda… Y a las siete de la tarde estaba entregando las llaves de mi coche a un complaciente mozo del aparcamiento, luego me identificaba ante el empleado de seguridad de la torre, y tomaba el ascensor hasta el ático. No tuve ni siquiera que llamar a la puerta: Yumiko me estaba esperando en el umbral, ataviada con un kimono tradicional, el pelo recogido como una seductora geisha, y la cara exquisitamente maquillada. Me pidió que me descalzase para entrar en el piso. Cierto es que los dos sabíamos lo que más tarde o más temprano iba a pasar (no en vano me había sometido a todo tipo de pruebas de sangre y similares para descartar enfermedades de tipo sexual, puesto que en ciertos niveles de prostitución, lo que menos te apetece es utilizar un preservativo), pero estábamos decididos  a empezar con buen pie la aventura. El piso estaba decorado con modernos muebles de diseño, cómodos pero funcionales, y los amplios ventanales del salón daban al “skyline” de Madrid. El cuarto de baño era intrigante, puesto que incluía un jacuzzi y una ducha de múltiples chorros, y el dormitorio, con una increíble cama de baldaquino, parecía sacado de una revista de moda de vanguardia. En la cocina abundaban los cromados, y los electrodomésticos estaban llenos de misteriosos botones y diagramas que centelleaban en la penumbra. En aquellos momentos, cuando la exquisita Yumiko me estaba enseñando la casa, en lo único en lo que podía pensar era en desnudarla y hacerla mía en aquella cama…

Las dos siguientes horas las pasamos conversando, y mientras escuchábamos una intrigante música de estilo “new age”, una camarera nos trajo la cena (un exquisito surtido de sushi de un restaurante de prestigio, tal y como habíamos establecido la víspera), bebimos sake tibio, brindamos luego con un excelente champán francés, y a las nueve de la noche ya estábamos listos para pasar a una nueva fase. Una experiencia que sería difícil de olvidar…

Yumiko se levantó con gran estilo de la silla de diseño, y me indicó que la siguiera al dormitorio, mientras empezaba a deshacer el tocado tradicional, soltando su larga y cuidada melena negra. Ella se desnudó en silencio, abriendo capa tras capa de su kimono, y pude comprobar que no llevaba ningún tipo de ropa interior. Estaba tan tremendamente seductora, que no pude evitar empalmarme, lo cual fue evidente cuando ella se acercó a mí, y empezó a desnudarme. La chaqueta ya me la había quitado durante la cena, y ella la puso en el galán de noche. Me quitó la corbata y la camisa con gran pericia, y me hizo sentarme en el borde de la cama para hacerse cargo de mis pantalones, mis calzoncillos, los calcetines… Me quedé completamente desnudo delante de ella, y lo único que me apetecía de verdad era introducirme en ese coñito tan deseable y magníficamente depilado, hacerla mía de todas las maneras posibles, y disfrutar con intensidad de una noche mágica…

Pero ella tenía otros planes. El primero de ellos, darnos una larga ducha, frotándome con un pedazo de esponja natural, por todo el cuerpo, como si quisiera asegurarse de que cualquier tipo de recuerdo, de huella, del mundo exterior, quedase olvidado lejos de nosotros, y yo pudiera entregarme por completo a ella. Como si pretendiera conseguir la máxima esterilidad de mi cuerpo… Rechazó todos mis intentos de penetrarla en el habitáculo. Se limitaba a decirme, sonriendo: “Ahora no, Esteban, luego… No tengas prisa…” Y cada vez que decía mi nombre, notaba cómo aumentaba mi deseo por ella…

Nos secamos mutuamente con las toallas de algodón blancas de rizo grueso, y nos dirigimos a la cama… Y entonces empezaron a pasar cosas extrañas… Me preguntó si me apetecía “jugar un poquito, a la japonesa”, y acepté, sin saber muy bien de qué se trataba. Era un juego de dominación… Pero lo descubrí demasiado tarde, igual que el significado de tanta limpieza, de una dieta sana, de todas las pruebas anteriores… Pero no adelantemos acontecimientos…

Me puso con gran cariño una mordaza en la boca, de suave algodón, pero que me impedía pronunciar cualquier palabra, y mucho menos gritar… Y allí estaba yo, con una erección triunfante, tan apropiada para mis gloriosos treinta y seis años. Y Yumiko sabía perfectamente lo que tenía que hacer con su boca para complacerme. Me corrí escandalosamente dentro de ella, y fue en ese momento cuando lo que podría haber sido la mejor noche de mi vida se convirtió en el prólogo de una de las experiencias más extrañas que puedo recordar.

Porque en ese momento se abrió la puerta de la habitación, y por ella entraron la mismísima Madame Mim, y dos enfermeras vestidas de blanco.

“¿Y bien, Yumiko San, cuál es el resultado de los análisis que acabas de realizarle?”, comentó la Madame.

“La calidad del esperma es extraordinaria, Madame. Creo que es un candidato perfecto para nuestro programa de reproducción asistida… Aunque no me vendría mal una segunda opinión.”

“Proceda usted, X-97”, le dijo a una de las enfermeras, que se acercó golosa a mi pene misteriosamente erecto, y me realizó una de las mejores felaciones de toda mi vida.

“Exquisito. Pero quizás necesita un poco más de vitamina B-12 en la mezcla. Sugiero que le pongan una inyección, y esperen media hora hasta que se expanda por el torrente sanguíneo. Quizás haya que poner algún estimulante, porque le espera un fin de semana muy intenso. Y un reconstituyente, ambos por vía intramuscular. Y luego podremos proceder a las inseminaciones.”

¿Inyección? ¿Inseminaciones? ¡Pero si yo lo único que pretendía era disfrutar de un fin de semana lejos de casa, de Maribel y de los niños! ¡Y me estaba viendo arrastrado a una locura!

Que no había hecho más que comenzar… Una nueva enfermera, tan tremendamente sexy como las dos anteriores, entró con una bandeja, sobre la que brillaban varias jeringuillas hipodérmicas. Me pusieron una en el antebrazo derecho, y otra en el pene, que de repente se me volvió a hinchar como en los mejores años de mi adolescencia.

“Perfecto, si el sujeto ya está dispuesto, podemos pasar a la segunda fase”, dijo Madame Mim. Y sin más preámbulos, la bella Yumiko empezó a cabalgarme, a gemir, cada vez más excitada. Y yo también gemía, las paredes de su vagina parecían tener vida propia, aspirándome, masajeándome, haciéndome disfrutar más que nunca, ralentizando el ritmo cuando estaba a punto de llegar al orgasmo, retomando su actividad momentos más tarde, hasta que me corrí, agotado, dentro de ella. Yo no entendía nada de lo que me estaba pasando. Porque cuando Yumiko hubo terminado, me pusieron otra inyección en el pene, y noté cómo toda mi virilidad se ponía en funcionamiento: ya estaba listo para otra relación sexual.

Se abrió de nuevo la puerta, y entró una belleza nórdica, completamente desnuda y depilada. Follamos. Me corrí dentro de ella. Me dio las gracias. Una nueva inyección. Entró una adolescente negra. Me corrí. Otra inyección. Y así toda la noche del viernes al sábado. Veinte mujeres. De todas las razas. De todos los colores. Con un amplio abanico de edades, pero todas ellas fértiles. Inyección, polvo, inyección. Disfruté intensamente, pero a las siete de la mañana, estaba agotado.

“Vamos a ponerle otra inyección, para relajarle, y un gotero para que se estabilicen sus niveles hormonales y pueda seguir ejerciendo de semental”, me dijo Madame Mim. “Está usted cumpliendo maravillosamente con nuestro programa reproductivo. Muchas felicidades. Ahora le acompañaremos al baño, y le dejaremos descansar.” Y eso es lo que hicieron. Me pusieron una especie de camisa de fuerza, y me arroparon dentro de la cama. Algo inyectaron en el gotero, que me hizo dormir ocho horas del tirón.

A las cinco de la tarde, la bella Yumiko me despertó, y me liberó de mis ataduras. “¿Te apetece comer algo? ¿Y luego seguimos con nuestros negocios? Porque me he quedado con ganas de recibir una nueva dosis de tu semen… Y quiero que sepas que estás haciendo una gran contribución a la causa suprema…” ¿Causa suprema? A esas horas, en lo único que podía pensar era en escaparme, aunque fuera desnudo… Pero al mismo tiempo, me dominaba la curiosidad…

Me vestí con un práctico kimono de hombre, y nos fuimos los dos al comedor. La misma camarera nos sirvió la cena, en esta ocasión un fantástico banquete de comida coreana, una de mis favoritas, y empezamos a hablar.

“Esteban, lo primero de todo es que entiendas que estás cumpliendo un deber casi sagrado, asegurar la supervivencia de nuestra especie. Somos una raza en peligro de extinción, y llevamos muchos siglos huyendo por el espacio, perseguidos por los Krull. Hace ya veinte años humanos que falleció nuestro último varón reproductor, y si no conseguimos engendrar una nueva generación, desapareceremos. ¡Llevamos tanto tiempo buscando un genoma, un esperma, un donante compatible! ¡Y era tan urgente conseguirlo! Comprenderás que no podemos poner un anuncio en la prensa: raza alienígena busca reproductor…”

“Pues quizás no habría sido una mala idea… en vez de abusar de mí”, le respondí, bastante molesto…

“Ya, pero tienes que entenderlo: solo se nos ocurrió la idea de montar este portal de internet, este burdel de altos vuelos, para seleccionar al donante perfecto. Por eso tantas pruebas médicas, tantas consultas de antecedentes, tanto cuidar la dieta… Hay que encontrar con urgencia al padre de nuestra raza… El esperma tiene que ser de calidad superior, fresco y poderoso. Y no podemos recurrir al género congelado, porque no sería compatible con nuestro organismo…”

“¿Raza alienígena? Pues sin embargo, solo he visto mujeres humanas, algunas realmente exquisitas…”, le respondí.

“No te fíes de las apariencias”, me respondió. “Tan solo hemos adoptado una forma más acorde con lo que tú estás acostumbrado, puesto que igual nuestro aspecto te resulta peculiar, y eso influye en tu capacidad de recuperación…”

“¿Seguro que no me estás engañando, y que esto no es más que un sueño, o peor aún, una estafa? Porque eso de ser el nuevo padre de una raza intergaláctica suena muy interesante, pero comprenderás que es difícil de creer…”

“Mira, Esteban, ahora tenemos que seguir con el programa de inseminación. Tenemos toda la noche por delante, ¿aunque seguro que esta vez no hay que atarte de manos y piernas verdad?”, me dijo, mientras terminábamos de cenar.

La posibilidad de volver a pasarme la noche follando me excitaba. ¡A quién no! Las inyecciones seguían sin entusiasmarme, pero eran un mal necesario para mantener mi virilidad y mi flujo de esperma en condiciones. Creo que dejé bien alto el pabellón, puesto que a las ocho de la mañana, cuando por fin me dejaron descansar, ya había inseminado a otras veinte “mujeres”, la más bella una adolescente keniata negra como la noche.

Yumiko me acompañó en el desayuno, que fue realmente exquisito, y me preguntó si la dejaba dormir entre mis brazos. Por supuesto que acepté, y nos quedamos dormidos, en medio de la cama, completamente desnudos. A las seis de la tarde, nos despertamos, y comimos, en esta ocasión un surtido de ibéricos, queso manchego, un cochinillo asado, una ensalada, en resumen cosas bien ricas.

“Esteban, esta noche terminarás de cumplir tu tarea”, me dijo, “y quiero que sepas que hasta el momento has generado treinta embarazos. Si consiguiéramos otros quince esta noche, nuestro destino sería un poco menos oscuro. ¿Ya estás preparado?”

“Entonces me estás diciendo que este no es vuestro aspecto real, Yumiko… Bien pues estoy dispuesto a “cumplir con mi deber”, pero con una condición. Esta noche, quisiera volver a hacer el amor contigo, pero que adoptes tu forma real… Así podré comprobar que esto no es el sueño de cualquier salido…”

“Muy bien, Esteban: yo seré la última… pero te espera una larga noche…”

Y vaya si fue una larga noche. Veinte mujeres recibieron mi esperma. Rubias, morenas, pelirrojas, negras, chinas, blancas, mulatas. Todas dispuestas a disfrutar. Todas sexys y generosas. Todas increíbles, hasta tal punto que casi no me molestaban las inyecciones y las drogas y los estimulantes. Y yo tan feliz de “cumplir con mi misión”, sabiendo que la última de ellas, poco antes de irme a trabajar, sería la bella Yumiko. Y entonces sabría la verdad.

A las cuatro de la madrugada, Yumiko entró en la habitación. Estaba más bella que nunca, la luz de la luna resplandecía sobre su piel, su melena larga y negra se estiraba por su espalda, y en sus ojos notaba el deseo…

“Yumiko, me prometiste que podría verte en tu forma real”, le dije…

“Y lo harás”, me respondió, mientras se acercaba desnuda a la cama… Y en cierto modo, se quitó el “traje de Yumiko”. Era una criatura humanoide, con dos brazos y dos piernas, como nosotros, con una cabeza como la nuestra, pero sin pelo, y un tercer ojo dorado en mitad de la frente. Su piel era de un brillante color blanco, y emitía luz. Sus manos eran largas y bien proporcionadas, cada una de seis dedos, igual que sus pies. Sus pechos eran tres, magníficamente proporcionados. Y de su sexo emanaba una especie de luz y de calor que me resultaba de lo más interesante. Me excitaba muchísimo verla con su verdadero aspecto…

Hicimos el amor, tres, cuatro veces. Nótese que digo “hacer el amor” y no “follar”, quizás porque Yumiko siempre fue especial para mí. Mi primera “allien” con su auténtica apariencia… Serían las ocho de la mañana cuando, después de una buena ducha, me vestí, me despedí de Yumiko, y me fui a desayunar al bar de la esquina.

“¡Qué locura de fin de semana! ¡Y encima no tener a nadie a quien contárselo!”, pensaba, de camino al trabajo. Además, ¿quién me iba a creer, que me habían seleccionado a través de un portal de citas para convertirme en el padre de una nueva raza intergaláctica? ¡Ni siquiera Iker Jiménez me haría caso! Decidí olvidarme de todo, y centrarme de nuevo en el mundo conocido: mi mujer, mis amantes ocasionales, y borrar las claves del acceso al Palacio de Madame Mim.

 

Bueno, pues lo más curioso no fue eso… Sino que tres semanas más tarde, la bella Yumiko me mandó un mensaje a mi teléfono móvil. “Tenemos que vernos. Este viernes. En el mismo lugar que la otra vez”. Decidí acudir a la cita…

Me abrió la puerta la misma camarera que la vez anterior, y me acompañó al salón. Y allí estaba Yumiko, con un bebé entre los brazos. Era medio humano, medio allien. “Como podrás ver, los tiempos de embarazo son distintos en nuestras dos especies. Tres semanas humanas sobran para llevar la gestación a término. Solo quería presentarte a tu nuevo hijo, uno de los cuarenta que han nacido ayer… Tranquilo, puedes cogerlo en brazos, no se va a romper…”

¡Mi hijo! Así que era todo verdad. Me habían escogido por mi genética para convertirme en el padre de una nueva raza, en la salvación de una especie moribunda… Y yo, en lo único que podía pensar, era en volver a acostarme con Yumiko. Y quizás en volver a tener otro hijo… Que llevase mis genes más allá de las estrellas. Yumiko sonrió. Con una mirada pícara, me dijo: “¿Sabes que leemos el pensamiento?”

A partir de aquél fin de semana, mis prioridades cambiaron. Es cierto que los martes y los jueves me acostaba con Maribel, cumpliendo con mis labores de padre amantísimo y de marido atento. Volvía pronto a casa, me cuidaba, hacía deporte, una dieta rica en calorías pero pobre en grasas. Había dejado de ir de putas, y reservaba todo mi esperma para mis funciones reproductoras. Porque cada tres semanas, le decía a mi mujer que tenía una cita con un cliente, un viaje, y desaparecía de casa el viernes por la tarde, hasta el lunes después del trabajo.

Ya no tenían que atarme, aunque les gustaba adoptar el aspecto de mujeres humanas, a cada cual más sexy. Eran auténticas maratones de sexo reproductivo, y cumplía de la manera más eficiente con mis amantes alienígenas, convencido de estar realizando una importante misión. Incluso llegué a acostarme con la mismísima Madame Mim, la reina de aquella especie de amazonas intergalácticas, en varias ocasiones y rodeados por su corte. Yumiko siempre era mi última amante, bajo su auténtico aspecto. Y en cada nueva cita, tres semanas después, conocía a mi último descendiente, antes de engendrar uno nuevo.

 

Y pasaron los meses, y los años. Yo cumplía con mi función reproductiva con auténtica devoción. Mi mujer no sospechaba nada. Y yo era feliz. Hasta ayer por la tarde. Yumiko me esperaba, desnuda, en la cama. Hicimos el amor como otras muchas veces. Apareció Madame Mim… y me dijo, mientras encendía la televisión y ponía un disco en el reproductor de DVD: “Muchas gracias por tus servicios, Esteban, pero ya no serán necesarios. Ya hemos podido reconstruir nuestro ejército, con tu ayuda y la de otras decenas de miles de candidatos por todo el globo. Habéis salvado nuestra raza de la destrucción, del olvido, de la nada. Nuestras armas, nuestra tecnología, son mucho más evolucionadas que las vuestras. Pero ahora necesitamos un planeta, para crecer y multiplicarnos. Y la Tierra ha demostrado ser un hogar perfecto.”

 

Y esa es mi historia. Me llamo Esteban, trabajo de broker en un banco de inversiones y soy uno de los padres, de los reproductores, de una raza intergaláctica, y en parte puedo ser el responsable del exterminio de la humanidad. Pero, sin embargo, no puedo dejar de pensar en la bella y misteriosa Yumiko, y en aquellos años en los que me he acostado con las “mujeres” más hermosas de la Tierra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

    

 

 

jueves, 17 de septiembre de 2020

MÁS ALLÁ DE LAS PUERTAS DE TANNHÄUSER

 


 

 

Nave Oasis, año 2.275 de la Vieja Tierra.

 

Desde ayer por la tarde, soy oficialmente el último ser semi-humano vivo dentro de la nave. X-26, mi compañera, a quien llamo Inma por el intento de establecer algún lazo entre dos especies tan distintas, ha regresado a la cápsula de criogenización. Ya no hay esperanza para la humanidad, puesto que sin embriones válidos, y con su enfermedad, nuestra misión ha dejado de tener sentido.

 

Han sido sesenta años humanos muy intensos, de grandes viajes más allá del universo conocido, atravesando incluso un agujero negro en dos ocasiones como poco, y su organismo está agotado. Lo que en principio iba a ser un recorrido rutinario en busca de un nuevo planeta habitable fuera de los límites convencionales del espacio-tiempo, ha fracasado. De manera catastrófica.

 

La última esperanza de la humanidad ha desaparecido. Nosotros. Es el final de la especie. Puesto que yo no soy más que un androide, muy evolucionado, pero inútil a efectos reproductivos; y de todas formas, su época fértil terminó de manera irreversible al cumplir los cincuenta y tres años terrestres. El resto de nuestra convivencia ha sido puramente placentero, para no sentirnos tan solos en el Universo.

 

Ni tan siquiera estaba pensado que ella fuera la Nueva Eva, la madre de una Humanidad recuperada desde las sombras y la desesperación. Pero no nos quedó más remedio que intentarlo, al quedarnos sin las incubadoras, las matrices y úteros artificiales, los embriones criogenizados arruinados por el fallo catastrófico de los sistemas de supervivencia. Así que lo hicimos todo a la antigua usanza, con un programa de estimulación ovárica, extracción mediante cirugía, fertilización con esperma congelado, y todo el amor que pudimos ponerle en el proceso.

 

Pero fracasamos.

 

La expedición comenzó en el año 2.075 de la Vieja Tierra. Nuestra madre patria. Fue un experimento conjunto de las naciones europeas, el último intento de enviar al espacio dos naves nodriza automatizadas, con los elementos necesarios para salvar a la humanidad de la destrucción total.

 

Los recursos del planeta estaban prácticamente agotados en el último tercio del siglo XXI, la superpoblación era un problema acuciante. Las guerras por el agua arrasaban el planeta. La desertificación asolaba a casi toda Europa y los niveles de mares y océanos habían seguido subiendo de manera preocupante.

 

La única esperanza para la vida tendría que encontrarse necesariamente en el espacio, en alguna parte del Universo conocido… o del todavía inexplorado. Entre nuestros planes no figuraba el volver al planeta Tierra.

 

Ni siquiera la guerra termonuclear que enfrentó a los Estados Unidos y Japón contra la antigua Unión Soviética en el bienio 2.045 – 2.047 había representado un gran cambio a niveles prácticos. Con los territorios de los tres países arrasados, y el invierno nuclear modificando el clima a nivel global, seguían quedando demasiados seres humanos para garantizar la salvación de la especie.

 

Los dirigentes de la Agencia Espacial Europea pusieron en marcha un ambicioso proyecto: crear dos grandes Arcas, en las que se conservarían criogenizadas embriones fértiles de 4.000 individuos de ambos sexos, obtenidos mediante reproducción asistida y selección de los ejemplares más sobresalientes. También se incluirían muestras de esperma congelado, así como de óvulos fértiles, por si fuera necesario. Este procedimiento requirió de la tecnología más avanzada de aquella época, la selección de los mejores candidatos y se realizó durante casi cinco años, en el mayor de los secretos. Tan solo un Comité de Sabios estaba al tanto de los progresos, y rendían cuentas a los Sumos Dictadores de la Unión Europea. Ya poco quedaba de los antiguos sistemas políticos supuestamente democráticos, incluso de los principios rectores de la vieja asociación multi nacional, tan solo una casta de políticos que se escogían entre los candidatos más capacitados y mejor formados de cada país. Algo parecido a la Atenas de Pericles, pero en pleno siglo XXI.

 

La Unión, aquella era la clave. En las naves también se incluirían embriones de numerosos animales, no solamente útiles al ser humando para su alimentación, como vacas, cabras, cerdos o caballos, gallinas o conejos, sino también por simples motivos estéticos, como el ligero colibrí o las hermosas mariposas monarca, además de perros y gatos para prestar compañía. Y también se incluyeron muestras de plantas, árboles, flores.

 

En conjunto, todo lo necesario para garantizar el renacer de la especie humana, cuando alcanzasen la Tierra Prometida, en este caso, un planetoide que orbitaba alrededor de dos lunas gemelas, en los confines del Sistema Solar conocido.

 

A pesar de todos los intentos de los científicos e ingenieros, los sistemas de propulsión existentes apenas si permitían alcanzar una velocidad de un cuarto de la luz, por lo que el viaje se prolongaría durante más de doscientos años terrestres. Era en todos los sentidos una expedición a la desesperada, y sin garantías de éxito. Ni posibilidad de volver atrás.

 

Por ese motivo, se fabricaron dos naves gemelas, la Oasis y la Hyperión, que por su titánico tamaño fueron montadas en la órbita terrestre. El día 23 de mayo de 2.075, desde las plataformas de lanzamiento de Berlín y de París, a las 08:00 hora GMT, los potentes cohetes despegaron, con la tripulación a bordo, que luego serían puestos en animación suspendida, y las naves emprendieron su camino hacia el espacio profundo.

 

Al ser un viaje tan largo, los científicos dotaron a las naves de una poderosa inteligencia artificial, para que regulase las condiciones de habitabilidad, y se hiciera cargo de la supervisión de todos los procedimientos de conservación de la vida. La nave era tan grande que incluso tenía su propio sistema de gravedad artificial, menos en el compartimento central. Estaba dotada de enormes reservas de alimentos, de agua, y de medios de reciclaje muy avanzados. Los sistemas de propulsión eran revolucionarios, y la combinación de motores de fusión fría, generadores de antimateria y paneles solares garantizaban una energía casi inagotable.

 

Como ayudantes, crearon unos robots de aspecto humanoide, que permanecerían en animación suspendida durante los primeros ciento cincuenta años del viaje. Yo soy uno de aquellos robots, el último de mi especie. El único superviviente.

 

Hace sesenta años terrestres, desperté de mi largo sueño. Algo desorientado, consulté el Diario de a bordo automático, y comprobé nuestra posición aproximada según las cartas de derrota. Pero, a pesar de mis conocimientos de astronomía, fui incapaz de reconocer mi entorno: ninguna de las constelaciones se correspondía con lo que me transmitía el ordenador cuántico de la nave, ni con lo contenido en sus bases de datos. Estábamos perdidos en el espacio.

 

Cumpliendo con los protocolos establecidos, puse en marcha los mecanismos necesarios para cultivar a la primera serie de hijos de la Tierra. Eran unos procedimientos sencillos, mi labor consistía en supervisar a las máquinas y a las matrices artificiales.  Pero algo salió terriblemente mal: únicamente el embrión X - 26, de sexo femenino, llegó a término. Los demás se convirtieron en una masa putrefacta de células a medio formar.

 

Por mucho que investigué, no fui capaz de encontrar la causa, y mientras  cuidada a X - 26 (a quien decidí llamar Inma), traté de eclosionar otras partidas de embriones. Entre la segunda y la tercera semana de embarazo en los úteros artificiales, se producía el fallo catastrófico, hasta tal punto que decidí no volver a intentarlo. Inma se convirtió por lo tanto en mi única compañía, en mi familia.

 

Con la ayuda de modernos programas de aprendizaje, conseguí acelerar su desarrollo intelectual y físico. Con cinco años, y para que le hiciera compañía en su vagabundear por la nave, llevamos a término un ejemplar de perro (un pastor belga según nuestra base de datos). Inma me agradeció mucho el detalle, y prometió ocuparse de todas sus necesidades. Pero casi desde el primer momento, me tocó a mí hacerme cargo de enseñarle a usar el arenero y a no esparcir sus heces por los pasillos. Brutus fue el primero de una larga estirpe de perros espaciales.

 

Al cumplir los diez años terrestres, celebramos una gran fiesta, y fue ella quien formuló la teoría del agujero negro: solo de aquella manera podía justificarse el haber aparecido más allá de los límites del universo. Lo que al mismo tiempo nos aseguraba el que no podríamos volver a casa. Si es que la Tierra seguía existiendo…

 

Nunca más se supo de la otra nave, la Hyperión, y tampoco hemos vuelto a intentar la eclosión de la última hornada de embriones humanos criogenizados, puesto que el procedimiento fallaba por causas desconocidas. Inma prefería mantener la esperanza de que con el paso del tiempo solucionaríamos el problema, añoraba estar con personas de su propia especie, no con un organismo cibernético casi inmortal, pero no ha sido posible.

 

Al margen de la estirpe de perros, hemos llevado a término el ciclo de numerosos gatos, dos loros, un banco de peces luchadores de Siam, tres cobayas y un hurón. Nos daba demasiada pena comernos a nuestros amigos animales, ya fueran vacas o cabras, por lo que desde el primer momento Inma se ha alimentado con una especie de papilla química de sabor agradable, pero muy sencilla de elaborar con las reservas proteínicas de la nave, y abundantes frutas y vegetales.

 

Yo de todas formas estaba muy feliz con ella, a los tres años me puso un nombre, Bryan.

 

Bryan e Inma, los aventureros espaciales. Utilizando los recursos educativos de la nave, conseguí que fuera aprendiendo sobre la especie de la que era posiblemente su última representante, la historia del Planeta Tierra, los límites del espacio conocido, la historia de la humanidad, y tantas cosas para alimentar su ansia de saber. A los doce años terrestres tuvo su primera menstruación, menos mal que encontré varios vídeos explicativos en los bancos de memoria, así como unos prácticos paños higiénicos lavables, más que suficientes para ella (habrían bastado para generaciones de hembras humanas).

 

Por el tamaño de la Oasis, y gracias a la habilidad de los ingenieros, teníamos incluso una atmósfera artificial, un suministro casi inagotable de aire puro, y grandes reservas de agua fresca. Los procedimientos químicos de reciclaje permitían convertir nuestras heces (yo también tengo necesidades fisiológicas) en un rico abono, que agradecían nuestros huertos y jardines. Y para distraernos, miles de horas de música de muy distinto tipo, de películas de todos los tiempos, obras de teatro, óperas y conciertos de música clásica, vídeos musicales de casi todos los grupos existentes (le encantaba un grupo de músicos y humoristas argentinos llamado Les Luthiers) pero lo que más le gustaba a Inma era nuestra gigantesca biblioteca virtual. Se pasaba días enteros devorando los grandes clásicos, y sus dos autores favoritos eran William Shakespeare… Y Stephen King. Aunque era una mente inquieta, libre y salvaje: también disfrutó enormemente con la lectura del Quijote de Cervantes, obras de Dan Brown, Santiago Posteguillo y una larga serie de escritores de finales del siglo XX.

 

La vida nos ha tratado bien durante estos últimos sesenta años de viaje. Nos hemos vuelto grandes amigos, formidables amantes, y hemos compartido tantas experiencias, que muchas veces nos hemos llegado a olvidar de nuestras diferencias. Yo era el único en mi especie, el robot guardián perfecto, el mejor compañero, y también su pareja: mi anatomía casi humana nos permitía mantener relaciones sexuales completas, desde el momento en que ella me lo pidió, a los catorce años, hasta ayer mismo.

 

El sexo con ella ha sido siempre maravilloso, descubrimos los placeres del tantra, de viejos manuales como el Kamasutra, y nos reímos mucho con algunas de las posturas, adecuadas para contorsionistas. Hemos probado incluso en el núcleo de la nave, el único lugar sin gravedad, y nos gustó tanto que hemos repetido innumerables veces. Cierto, hemos tenido mucha suerte de que me hicieran anatómicamente perfecto en todos los sentidos… Hemos sido una gran pareja, en todos los aspectos. Ha sido mi compañera de vida…

 

Pero hace seis meses…

 

Hace seis meses, todo cambió. Empezó a dolerle el útero, cuando teníamos relaciones sexuales, luego un ovario. Utilizando los sistemas de reconocimiento médico de la nave, le hice una exploración en profundidad. Se conoce que ni la reproducción asistida, ni la selección de los embriones más viables, garantizaban totalmente que no se produjeran enfermedades con el paso del tiempo. Y esta tenía un nombre aterrador: cáncer.

 

La única solución posible, después de repasar toda la literatura médica existente a bordo, era la extirpación total del aparato genito-urinario. Inma insistió mucho en que la realizara, aprovechando las amplias bases de datos disponibles, las descripciones médicas de la operación, muchos vídeos en los que se explicaba el procedimiento paso a paso, y mi gran intuición.

 

Fue mucho más sencillo de lo que yo esperaba. Durante un tiempo, volvió a ser la de antes, alegre, llena de vida. Incluso volvimos a mantener relaciones sexuales cuando nos pareció prudente, y fue casi tan bueno como antes.

 

Pero la enfermedad reapareció: un pequeño bulto en el pecho izquierdo, luego un ganglio inflamado en el cuello. Le hice una tomografía axial computerizada, aprovechando los recursos de la Orión. Metástasis por todo el cuerpo. No se podía hacer nada. Salvo escoger entre dejarla morir lentamente, consumida por la enfermedad, o criogenizarla, con la esperanza de que en su momento pudiéramos volver a la Madre Tierra, donde sin duda alguna encontraríamos un remedio.

 

Ayer por la tarde, con un último beso, nos separamos. Sesenta años tenía la bella Inma, cuando la introduje en la cápsula.

 

Ahora, solo me queda continuar el viaje. En soledad. Los sistemas de animación suspendida de la Oasis son compatibles con mi funcionamiento, y yo también podré desconectarme temporalmente. De todas formas, sin ella, perdidos en el espacio, mi misión carece ya de sentido…

 

Nave Oasis, año 2.476 de la Vieja Tierra.

 

Ayer me despertó la nave. La había programado para hacerlo, desde el mismo momento en que reconociera una determinada combinación de planetas: la formada por la Tierra, la Luna y el Sol. Por si acaso el azar conseguía que un nuevo agujero negro nos devolviera a nuestro sistema.

 

Y todo parece indicar que así ha sucedido.

 

Según el calendario de a bordo, han pasado más de doscientos años desde la última vez que alguien se paseó por los pasillos de la nave, y me extraña que se mantenga en un estado tan bueno. Está claro que la Agencia Espacial Europea hacía las cosas a conciencia. Me pregunto qué habrá pasado con el planeta, después de tanto tiempo.

 

Supongo que dentro de poco obtendré la respuesta. He colocado la nave en una órbita geosincrónica, y voy a utilizar una de las lanzaderas de reconocimiento para bajar hasta la superficie. Según los mapas, debo estar sobrevolando el centro de Europa, pero me extraña mucho que, siendo de noche en este hemisferio, no haya luces. Voy a esperar hasta que se haga de día para llevar a cabo mi misión.

 

Nave Oasis, año 2.477 de la Vieja Tierra.

 

Un mundo arrasado, eso fue lo único que encontré. He pasado los últimos nueve meses recorriendo Europa, África, Oceanía, incluso Australia. Ni rastro de vida humana. Ni de ningún tipo. Según una base de datos a la que tuve acceso en la Universidad de Melbourne, se produjo un conflicto termonuclear entre Francia y Reino Unido en el año 2.201, por causas que no me han quedado del todo claras. Las demás potencias europeas intervinieron en la disputa, con distinta fortuna. El papel de China tampoco está claro, creo que intentó aprovechar el vacío de poder para lograr sus objetivos expansionistas. Se produjo un nuevo invierno nuclear permanente, una glaciación, y por si fuera poco, una plaga de origen desconocido se ensañó con los supervivientes.

 

Era mil veces más mortífera y contagiosa que el Covid 19, que causó tantísimos estragos a principios del siglo XXI, y se expandía por el aire. No había cura ni vacuna. La gente moría a millares en las calles, en las casas, en los cuarteles. Ciudades enteras eran engullidas por la enfermedad. No había esperanza.

 

Los niveles de radiación en la vieja Europa eran tan elevados que ni siquiera he podido acercarme con la lanzadera. Las ruinas de las ciudades francesas y alemanas se alzaban como si fuera las cuadernas de un galeón naufragado. No quedaba ninguna presencia humana. Por todas partes era lo mismo. La nada.

 

Era el fin de la humanidad. En la base de datos de la Universidad de Melbourne, la única ciudad que encontré sin contaminación nuclear, no he conseguido más información. Solo había restos de cuerpos casi fosilizados, dentro de las ropas en las que les sorprendió la muerte, muchos incluso en sus coches o autobuses en los últimos intentos de alejarse de la plaga. Pude conectarme al ordenador de la biblioteca, y eso me ha servido para recopilar datos sobre el fin de la humanidad. Aunque he recorrido con la nave casi todo el continente durante varias semanas, no he encontrado rastro de vida. Incluso he escaneado el territorio desde los límites de la atmósfera terrestre, buscando la huella de supervivientes; y utilizado todas las frecuencias de radio posibles para mandar mensajes, sin resultado. El silencio ha sido la única respuesta. Al final he tenido que rendirme a la evidencia: se trata de un planeta muerto.

 

Solo quedamos la bella Inma, en su envoltorio criogénico. Y yo.

 

Creo que voy a programar la Oasis, para que nos lleve a otro lugar, aunque no me importa demasiado el destino. Quizás Saturno, o Plutón, “la grande tournée” de la que hablaban los estudiantes ricos de Francia o Inglaterra de finales del siglo XIX… En el fondo, el destino es lo de menos. Solo ansío volver a meterme en la unidad de criogenización, y dejarme llevar por el sueño químico. Quizás de esa manera alcance la paz. Y poco me importa el no volverme a despertar…

 

Nave Oasis, año 2.489 de la Vieja Tierra.

 

La nave me ha sacado del sueño criogénico. No entendía muy bien la causa al principio. Pero de repente, lo escuché. ¡Un mensaje de radio! ¿Sería posible que hubiera vida humana, en alguna parte del Sistema Solar conocido? Era un mensaje de socorro: “S.O.S. Aquí la nave Enterprise. Estamos en dificultades. Se ruega a todas las naves disponibles que se reúnan con nosotros en el hemisferio Norte de Marte.”

 

¿Marte? ¿Al final lo habían logrado, colonizar el planeta rojo? Tenía que darme prisa. Quizás ellos tuvieran el remedio para la situación de Inma: en tantos años de viaje, seguro que se habían producido grandes avances en la ciencia médica, incluso el cáncer podía ser ya una enfermedad curable…

 

 

Nave Oasis, año 2.490 de la Vieja Tierra.

 

El ser humano es destructivo, malo y cruel. La Enterprise estaba efectivamente en la órbita de Marte. Pero se trataba de una grabación, reproducida en bucle y alimentada por un sofisticado sistema de baterías de alto rendimiento y placas solares, algunas de las cuales me llevé a la Oasis. Pude saquear la nave a conciencia, para reparar algunas cosas que habían dejado de funcionar en la nuestra. Técnicas de reciclaje y de aprovechamiento de recursos. Y quizás el último contacto con los hijos de la Madre Tierra.

 

Al acercarme a la nave, no percibí signos de vida con los escáneres de la lanzadera. Más tarde, encontré los cadáveres fosilizados en los pasillos que llevaban al puente de mando. Se había producido un fallo catastrófico en el reactor, y una brecha en el casco. Habían muerto todos, como perros, asfixiados. Y demasiado poco fue su castigo, puesto que en las bodegas, encontré los restos de los refugiados. Varios miles, encerrados en los compartimentos de carga, hacinados, viajando en condiciones lamentables, seguro que confiando en un futuro prometedor.

 

Según el diario de a bordo, que se interrumpía abruptamente el 10 de agosto del año 2.170, se trataba de una nave de tráfico de esclavos, con rumbo a Ganímedes, una de las lunas de Júpiter, donde al parecer se había establecido una colonia minera, que siempre necesitaba mano de obra barata. ¡Como si no se dispusiera de robots cualificados para esas tareas tan peligrosas! Pero siempre era más económica la especie humana. Al ser tan abundante el suministro, era más rentable, y no necesitaba repuestos ni mantenimiento. Todo eso lo aprendí al leer los manifiestos de la nave negrera. Asqueado, mi último gesto fue disparar un cohete de protones contra aquella inmensa tumba, para que no quedase de ella ni el menor rastro.

 

Esa fue mi siguiente parada, Ganímedes. Volví a dejar la nave en órbita, y utilicé todos los sensores de la lanzadera para efectuar una búsqueda en profundidad, confiando en encontrar seres humanos. Localicé la explotación en uno de los polos del planeta. Pero estaba abandonada, quién sabe desde hace cuánto tiempo. Polvo, suciedad, restos dispersos de equipo, varios hornos crematorios, alambradas en el perímetro, barracones vacíos. Y poco más. Mi misión para buscar conocimientos que me permitieran salvar a Inma se había saldado con un nuevo fracaso.

 

Empecé a sondear la superficie del planeta con todos los elementos a mi alcance, pero no había ninguna señal de vida. Menos mal que los reactores de fusión fría de la Oasis estaban diseñados para durar, igual que los materiales de construcción, porque nuestro viaje ya se estaba prolongando durante varios cientos de años.

 

Yo estaba decidido a encontrar a los supervivientes de los hombres, con todo su poder y tecnología. Para conseguir salvar a mi compañera. Incluso si la gran guerra se produjo en el año 2.201, seguramente se habrían descubierto nuevos tratamientos durante todo el tiempo que estuvimos de paseo por el espacio. Y me resistía a creer que todos esos conocimientos se hubieran perdido para siempre. En algún lugar del Universo tendría que poder encontrar un laboratorio, un centro de investigación, la tecnología que estaba necesitando desesperadamente. Quizás volvieron a lanzar una nave como la nuestra. Creía en la capacidad de superación de la humanidad…

 

Después de programar todos los sensores de la nave a su máxima potencia, para escanear todas las posibles señales de aquella parte del Universo conocido, volví a meterme en la unidad de criogenización… Lleno de esperanza… Y al mismo tiempo sintiendo una pena y un dolor tan grande por mi soledad que apenas si soportaba el estar despierto, velando el sueño de mi compañera de vida.

 

Pero la solución vino de las estrellas…

 

Nave Oasis. Más allá de las Puertas de Tannhäuser.

 

Hace diez días comenzó todo de nuevo. El sistema de alerta temprana hizo que la nave me despertara de mi sueño químico. Percibí una señal, procedente del espacio, de algún lugar a poco más de un año luz desde mi última posición. Era una señal de radio, poderosa, unas coordenadas precisas a la altura de la famosa Puerta de Tannhäuser, de la que tanto hablaban en la vieja película Blade Runner (todo un clásico de la ciencia ficción del siglo XX, dirigida por Ridley Scott, y una de las cintas favoritas de Inma). Puse rumbo hacia allí, lleno de esperanza.

 

Y me encontré con una nave cuyas dimensiones superaban todo lo imaginable, con un tamaño tal que la mismísima Oasis podía entrar entera en los hangares, tan inmensos como si fuera un Destructor Espacial de la película Star Wars (de la primera trilogía, la única que me gustaba realmente). Un rayo de tracción de gran potencia nos llevó al interior, y nos dejó a una altura de tres metros sobre el nivel del suelo. Escuché un ruido sibilante, y los sistemas de análisis de atmósfera me indicaron que el hangar se estaba llenando de la adecuada proporción de oxígeno y nitrógeno para permitir la vida humana. Por mis especiales característica físicas, yo también necesitaba respirar, orinar y defecar como un hombre cualquiera. Me puse de todas formas una combinación estanca, un casco, y después de una silenciosa plegaria y una última mirada al contenedor donde Inma dormía su último sueño, me dirigí hacia una de las esclusas laterales de la Oasis. Salí al exterior.

 

Varias figuras se acercaron a mí. Eran unos entes muy parecidos a los seres humanos, salvo que de poderosa musculatura, unos tres metros de alto, piel de color azul por lo que pude ver en la cara y en las manos, y ataviados con un traje espacial y un sistema de respiración. Como una versión evolucionada de los Navii de los que hablaba el visionario director James Cameron en la película Avatar. A Inma le encantaba esa cinta, pero no tanto sus partes sucesivas.

 

Dos de aquellos extra terrestres me acompañaron hacia la salida de la bodega, y luego hacia un lugar cómodo, con una mesa baja, varios sillones. Me quité la escafandra. Yo estaba un poco nervioso, por las lógicas diferencias entre nuestras dos especies (me consideraba un ser humano de pleno derecho, como el famoso Hombre Bicentenario, un relato del escritor Isaac Asimov, padre de la ciencia ficción y adaptado en una fantástica película con el actor Robin Williams), porque… ¿acaso no tenía la capacidad de amar? Hablamos sin necesidad de articular palabra, eran lectores del pensamiento.

 

Me preguntaron por los motivos de la expedición, por qué había llegado tan lejos, viajando más allá y durante más tiempo que cualquier otro humano, y el motivo por el cual Inma estaba en animación suspendida, algo de lo cual se dieron cuenta al sondear la nave. Se lo conté todo. Nuestra vida en común, la enfermedad, el periplo interestelar, mi desesperación por encontrar una cura, mi tristeza y soledad.

 

Volvimos al interior de la Oasis. Con el mayor de los cuidados, sacaron el módulo de criogenización, cruzamos todo el hangar de nuevo, y lo llevaron a una habitación distinta a la anterior. Parecía un moderno quirófano. Por un momento, tuve miedo. ¿Acaso pensaban realizar experimentos científicos con ella, diseccionarla como si fuera una criatura de escaso valor? Pero aquellos seres me tranquilizaron una vez más. La sumergieron en un tanque con una solución ambarina, y la dejaron allí dentro durante lo que me parecieron horas. Y luego la sacaron. Viva. Y curada.

 

Lo supe. Que gracias a ellos, volvíamos a tener una oportunidad. De ser de nuevo una familia. La tomé entre mis brazos. Inma abrió los ojos. Y me sonrió.

 

¿Somos mascotas, o aliados? ¿Por qué estos seres nos habían acogido, cuidado, alimentado? ¿Qué esperaban de nosotros? Nos hemos quedado a vivir con ellos durante varios años humanos, compartiendo el contenido de nuestras bases de datos, explicándoles nuestra historia, nuestra cultura, nuestros sueños y el final de la especie. Su curiosidad es insaciable y su paciencia infinita. Incluso aprendieron nuestro idioma. Es lo menos que podíamos hacer.

 

En el fondo, no me importa. Solo sé que ella está bien de nuevo, incluso diría que la solución ambarina la ha rejuvenecido una veintena de años, y estamos juntos. Hace tres días, nuestros benefactores han proseguido su camino, y nosotros estamos de nuevo en la Oasis, que ha sido completamente remodelada y actualizada, con rumbo desconocido, pero eso es lo de menos…

 

Somos libres. Y estamos juntos.